Vuelve a la actualidad zamorana el tan traído y llevado asunto del botellón de Jueves Santo y vuelve a ponerse de manifiesto la incapacidad de las administraciones, da igual su carácter local, provincial, regional o nacional, para resolver los problemas que afectan a los ciudadanos. En este caso, además, concurre el agravante de la dejación de funciones de un Ayuntamiento y de una Subdelegación de Gobierno que miran para otro lado mientras se produce ante sus narices un evidente problema de orden público.

Los vecinos, hartos de tan aberrante situación, han relatado sin pelos en la lengua el repertorio de barbaridades que acompañan a tan vergonzante festejo. Agresiones sexuales, consumo indiscriminado de alcohol por parte de menores, venta de drogas, vandalismo sin freno, insultos y amenazas a los vecinos y lanzamiento de botellas y todo tipo de objetos al interior de los hogares de los ciudadanos que se atreven esa noche a encender las luces de sus casas.

El listado de delitos y barbaridades no termina aquí. Incluso, empeora con situaciones verdaderamente abyectas como la presencia de adultos a altas horas de la madrugada en busca de chicas jóvenes bebidas de las que poder abusar sexualmente ante la pasividad del resto de presentes en el botellón. Carroñeros a los que nadie persigue y de los que cualquier vecino podría dar fe.

Y todo eso, ante la dejadez de un Ayuntamiento que se conforma con decir que es “difícil” poner freno a la barbarie y que deja desamparados a los vecinos del casco histórico.

Y hasta aquí lo que tiene que ver con los efectos directos del botellón. Ni que decir tiene, que el festejo está deteriorando la imagen de la Pasión zamorana, más conocida ya por su macrofiesta que por la belleza de sus desfiles. Penoso.

Y pasará 2018 y volveremos en 2019 a hablar de lo mismo, y volveremos a escuchar que es “difícil” poner freno al botellón. Y llegará 2020 y será más de lo mismo…