Hace 60 años se publicó ‘Don de la Ebriedad’, hace 90 nació en la calle Santa Clara y hace 25 falleció

Un  30 de enero, del año 1934, veía por vez primera su siempre deseada luz, en el número 51 de la calle de Santa Clara, Claudio Rodríguez García, poeta destinado a la salvación de las cosas, a la iluminación de la materia en el canto y a la celebración de la vida con todas sus contradicciones, que abrió su obra de cinco libros con la extática revelación de la claridad y la cerró con la certeza madura de la paradoja. A ese último libro, Casi una leyenda, de 1991, pertenece «Balada de un treinta de enero», poema que recuerda esta efeméride, con versos en los que el nacimiento y la muerte son ya, al fin, todo uno.

Hoy Claudio cumple 90 años con nosotros. Por ese motivo, y como viene siendo habitual cada año, su Seminario Permanente quiere celebrarlo. Se conmemoran además este 2024 los veinticinco años de su fallecimiento y los setenta de la publicación de Don de la ebriedad, pues, aunque con colofón de 1953, el volumen salió a la calle en enero de 1954. Por ello, el Seminario, está preparando sus próximas jornadas alrededor de aquel libro mítico e inaugural, escrito entre los dieciséis y diecinueve años sobre caminos de tierra roja.

Investigadores, poetas y estudiosos de su obra debatirán durante la última semana del mes de noviembre en torno a esta obra única en el panorama poético contemporáneo que ya desde su aparición generó en el ámbito literario el asombro de estar ante una voz extrañamente desvinculada de la poesía precedente y de su propio entorno. El propósito es medir su influencia en la poesía posterior y, sobre todo, actual, abrir el libro a nuevos acercamientos desde otras disciplinas, escuchar las impresiones de lectores privilegiados, abordar su presencia en otras lenguas, buscando nuevas resonancias a esta poesía tan reveladora e imperecedera.

Cuando en 1993 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, Octavio Paz, presidente del jurado, afirmó que el premio se le había concedido por su iluminación de la realidad cotidiana y su adhesión a ella con hondura simbólica. Reconocimiento crítico y juicio exacto, porque la aventura poética de Claudio Rodríguez consiste precisamente en eso, en una muy personal “iluminación simbólica” de lo real a través del lenguaje desde la juvenil exaltación de sus inicios a la asunción del dolor de Casi una leyenda (1991), con etapas decisivas en Conjuros (1958), Alianza y condena (1965) y El vuelo de la celebración (1976).

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