El técnico vasco se despide del club rojiblanco con más sombras que luces, pero con una trayectoria casi impecable al frente de los zamoranos

Raúl Nieto

David Movilla ya no es entrenador del Zamora Club de Fútbol. Porque, en el fútbol, el primero en caer siempre es el del banquillo. La noticia no ha pillado de sorpresa a nadie, pero la realidad es que la mayoría de la parroquia rojiblanca ha sentido una pena inmensa ante el cese de un entrenador que devolvió al Zamora a su sitio.

El de Barakaldo cogió al equipo en Tercera. Lo hizo tras la llegada del Grupo Vivir y el discutible cese de Carlos Tornadijo. Sin embargo, el equipo ganó en solidez y consiguió salir campeón, a pesar de fracasar en el intento en Haro y Alcobendas, en el que, salió señalado, sobre todo tras el planteamiento en tierras riojanas.

Sabiendo que el margen de error era mínimo y que otro fracaso hubiese supuesto un revés considerable en su trayectoria, David Movilla decidió seguir. El resto es historia. Porque, aunque nadie lo sabía, en aquel verano de 2019 se dio forma a lo que sería uno de los mejores Zamora de la historia. Con el vasco al frente, se construyó un equipo alegre, vistoso, ordenado y goleador que arrasó en Tercera, eliminó al Sporting en Copa y compitió de tú a tú a un Mallorca que sufrió lo indecible en el Ruta.

La pandemia trajo el play-off express en La Balastera. Allí, el club rojiblanco, capitaneado por un David Movilla que se la jugaba con el recuerdo del anterior play-off presente, no sufrió lo más mínimo ni ante Numancia B ni Segoviana y, logró un ascenso bautismal, tanto para la institución, como para la afición, a quien se le regaló una gesta después de 21 años sin lograr subir de categoría. Fue además, la primera alegría considerable para una generación que nunca había visto al club de su ciudad triunfar.

En la nueva categoría, con un trivote formado por Juanan, Vallejo y Carlos Ramos, y la progresión de gente como Parra, Perero, Adri Crespo o Rodri Escudero, el Zamora se adaptó rápido a la modificada Segunda B. En un grupo con Depor, Pontevedra, Guijuelo, Unionistas, Salamanca o Rácing de Ferrol, los rojiblancos dieron cátedra de cómo se competía en una liga de tan cortas prestaciones.

En la victoria se disfrutaba y en la derrota se seguía creyendo. Porque la imagen y compromiso que mostraba el equipo no invitaba a otra cosa. Bajo el lema “Ubuntu”, el Zamora llegó a las tres primeras posiciones para nunca más salir de ahí. Con la 1RFEF confirmada, y la ilusión del play-off en el horizonte, Movilla se creció ante la adversidad de tener disponibles a solo trece jugadores. Pasó por encima de la Cultural y Valladolid B en la segunda fase para entrar en la sexta fase de ascenso a Segunda División. Casi nada, teniendo en cuenta que, un año antes, la incertidumbre estaba más presente que nunca ante la posibilidad de lograr el ascenso a la categoría de bronce.

Tras una temporada memorable, que finalizó en Almendralejo ante el C.D. Badajoz, se configuró un proyecto ilusionante, con, a priori, jugadores que mejoraban lo logrado el año anterior y en una categoría el doble de atractiva. Sin embargo, ya en pretemporada todo se empezó a torcer. Con opiniones de todos los gustos, las principales críticas han caído al sistema, donde jugar con dos delanteros no ha convencido a nadie, o al menos, a casi nadie. Aunque no era el único debe de un Zamora que, si en área rival era débil, atrás tampoco fue mucho mejor, concediendo un cuantiosa cantidad de goles que le han hecho caer a siete puntos de la permanencia, con solo ocho en el casillero.

Una situación que se volvió insostenible y que ha llevado a la dirección deportiva, en consonancia con el propio entrenador, a separar un camino que, posiblemente, sea irrepetible. Porque desde la llegada de Movilla al banquillo, hubo tiempo para dudar, creer, sufrir y disfrutar. Pero en un mundo en el que los datos mandan, queda demostrado el crecimiento desarrollado por el club a las órdenes del técnico vasco.

El fútbol, como la vida, siguen adelante y no esperan por nadie. Pero queda la sensación de que hoy se cierra una etapa brillante, en la que se recuperó el sentimiento de pertenencia y en la que Zamora volvió a vibrar por fútbol.