Foto: Diócesis de Zamora

Los fragmentos de Hostia Consagrada se conservan en el convento de Santa María de las Dueñas

Hacía trece años que no se abría el copón de las milagrosas Formas. Fue el obispo Gregorio Martínez Sacristán el último prelado que permitió su apertura y contemplación. Hoy, de nuevo, la comunidad de monjas de Cabañales, con presencia del obispo Valera, ha asistido a un momento de oración ante esos mismos fragmentos de Hostia Consagrada que, después de 800 años del episodio popularmente como el Motín de la Trucha, se conservan en el sagrario que la comunidad custodia en la clausura del convento.

No es la primera vez que el prelado zamorano visita a las monjas. En esta ocasión se encontró con ellas para saludarlas y conocer la vocación de algunas hermanas que se han incorporado a la comunidad. Después de ese primer momento, el obispo participó con la comunidad en la adoración del Santísimo, abriendo el copón de las milagrosas Formas y rezando en la intimidad con las hermanas. Alguna aún no había visto los fragmentos de la Hostia Sagrada que, desde hace siglos, siguen en perfecto estado de conservación.

Foto: Diócesis de Zamora

El Motín de la Trucha más parece una leyenda, tal como lo atestiguan las excavaciones que los arqueólogos han llevado a cabo en la iglesia, pero en el convento se custodian los trozos de una Sagrada Forma desde tiempo inmemorial que gozan del crédito de la tradición de un pueblo que ha mantenido vivo este episodio milagroso y sorprendente, y que sigue llamando la atención de quienes se acercan a la iglesia de Santa María la Nueva o al convento de Cabañales.

El 15 de septiembre de 1995 se cursó una consulta al departamento de Bromatología, Toxicología y Tecnología de los alimentos de la Universidad de Navarra para certificar si esos trozos de formas podrían considerarse Hostias Consagradas por no haber perdido la condición de pan. La respuesta del Doctor consultado en 1995 dicta que “el pan es una entidad bromatológica muy estable, capaz de persistir sin alterarse muchísimo tiempo, siempre que las condiciones de conservación sean normales. Bajo estas condiciones, una Hostia Consagrada puede mantener su entidad de pan durante siglos. Solamente podrá endurecerse un poco como consecuencia de ligeras perdidas de moléculas de agua o ciertas modificaciones en las estructuras del almidón; pero seguirá siendo pan. Podría ocurrir que unas condiciones de extremada humedad y calor dieran lugar al desarrollo de hongos, que si alteraría la entidad de pan. Pero estas circunstancias son visibles al ojo humano. Por otra parte, las pruebas que se podrían realizar implicarían destrucción de materia. Pienso que por lo que no se ha dado circunstancias que hagan pensar en una alteración de la entidad pan”.

El Motín de la Trucha

Ningún zamorano desconoce este episodio de la historia en el que se mezclan leyenda y fe. Era aquella una época cargada de tensiones entre las diferentes clases sociales que convivían en la pujante ciudad del Duero. Según dicta la tradición, fue en diciembre de 1158 (o más bien en 1168 si atendemos a lo que reza en el frontal del Sagrario del convento de las Dueñas) cuando un zapatero quiso comprar la última de las truchas que quedaban en el mercado. También el criado de Gómez Álvarez, uno de los nobles de la villa, la reclamó para su señor alegando que los aristócratas gozaban de un viejo privilegio de prioridad en las compras del mercado. El zapatero y el pescadero afirmaron que la trucha estaba ya vendida y se negaron a entregársela. La discusión atrajo a muchos y se produjo un multitudinario tumulto del que salió victorioso el zapatero.

Enterados de lo ocurrido, los nobles mandaron arrestar al zapatero, al pescadero y a aquellos que más les habían apoyado durante el tumulto. Para evitar que se volviesen a repetir esa clase de insolencias se reunieron en la iglesia de Santa María para decidir otras medidas de castigo, pero un pellitero, llamado Benito, instigó a la muchedumbre para que cerrara la iglesia desde el exterior y le prendiera fuego. Es lo que hicieron, matando a todos los que estaban dentro.  Lo inesperado sucedió cuando las Sagradas Formas abandonaron el sagrario volando por encima de los nobles y encontraron una fisura por la que salir del templo en llamas y recogerse en el convento de Santa María de las Dueñas, en aquel entonces emplazado junto a la iglesia de Santa María y hoy ubicado en la otra margen del Duero, donde todavía se preservan.

Los hechos llegaron a oídos del Rey de León, Fernando II, que envió tropas hacia Zamora para solventar el altercado. Temerosos de la reacción del rey Fernando II de León y de los parientes de los nobles asesinados, Benito y los amotinados se exiliaron en el cercano Portugal. Desde allí les escribieron al rey y al Papa, relatándoles el Motín de la Trucha y la larga serie de agravios padecidos a manos de los asesinados, rogándoles el perdón por el incendio de la iglesia y las muertes provocadas. De no ser perdonados, se convertirían en súbditos del rey Afonso Enriques. Fernando II acepta el trato con una condición: que los zamoranos reconstruyan la iglesia de Santa María, a partir de entonces llamada, “La Nueva”.

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