Luis Fernando García pronuncia este Domingo de Ramos el pregón oficial de la Semana Santa

El Teatro Ramos Carrión ha sido este domingo escenario de la lectura por parte de Luis Fernando García del pregón de Semana Santa. Un teatro lleno a rebosar que ha escuchado atento las palabras de un semanasantero de pura cepa que ha traído con su lectura mil imágenes de la Pasión, de recuerdos de la infancia, a su amor por pasos y procesiones, desde su anhelo por participar en la Semana Santa, hasta su admiración por otros destacados protagonistas de la cultura semanasantera.

La ceremonia ha servido igualmente para la entrega de los premios Barandales de Honor. Galardones que en este año han ido a parar de forma excepcional a Trinidad Roncero, que ha vigilado y custodiado los pasos de la Pasión zamorana en el Museo desde 1979, y al imaginero Ricardo Flecha, recientemente fallecido. Momento este último lleno de emoción por la temprana muerte de uno de los protagonistas de la Semana Santa zamorana presente en mil rincones de la Pasión y personaje especialmente querido por todo el mundo semanasantero provincial.

 

A continuación reproducimos íntegro del pregón de Luis Fernando García.

SALUDA

Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo, ilustrísimas autoridades, Sra. Presi- denta y Consejo Rector de la Junta Pro Semana Santa, Señoras, Señores, Herma- nos, Hermanas, amigos y amigas.

Barandales de Honor a Trinidad Roncero, enhorabuena.

 

Autora del cartel 2024, Teresa Álvarez Castro, un lujo compartir este año encargo “semanasantero”, cada uno en su modalidad.

 

Ya está aquí, ya llegó un año más, vuelve para quedarse, para abrir de nuevo jun- tos el viejo baúl y volver a ordenar cada túnica y farol, para sentir las manos de la madre en el cuello y anudar el pañuelo, para sentarse en la acera, para mecer los hombros en la desgastada madera, para atarse el cíngulo y andar juntos el Camino del Calvario, para volver a respirar la grandeza de este gran milagro que sucede en Zamora, cada primavera.

Ahora, cuando los almendros florecen tímidamente y el Duero, nuestro río durade- ro, espera impaciente la llegada del Hijo, ahora, es el momento sereno donde mi emoción se enclaustra, silenciosa y profunda. Al igual que el apóstol en su sentida reflexión de elegido, podría decir con humildad y sencillez: ¿qué he hecho yo para merecer esto y tanto?

 

Pues nada, queridos amigos, querer, cuidar y respetar, como estoy seguro que vo- sotros también, lo que nuestros antepasados, nos dejaron en forma de 11 días y con un eco de 365 días.

 

No valgan de ejemplo mis palabras, pero lo que siento por nuestra Semana Santa es algo más que el afán por desfilar, por cargar, por organizar, es algo que los que la sienten de verdad, lo entenderán, porque no hay día que no recorra esas calles tan vacías a lo largo del año, porque guardo los recuerdos que desde pequeño he grabado y he cincelado en mi corazón para siempre.

 

Permitidme, con cariño, humildad y responsabilidad, abriros las puertas durante unos minutos, de este corazón que no entendería esta Pasión, sino fuera unida a tres pilares fundamentales para mí, la familia y los amigos, la tradición, y por supuesto, mi fe.

 

FAMILIA

 

Sí, agarrado a unas baquetas, con unas gafas que cubrían mis ojos y bien delgado, comencé a tocar el tambor en aquellas viejas escuelas de San Frontis. No era nada casualidad, mi familia paterna, era del Barrio, el Nazareno en blanco y negro, cus- todiaba la casa de mis abuelos, en una ajada fotografía. Mi padre como no podía ser de otra forma, desfilaba todos los Martes Santos, no hay día que a mi padre le saquen el tema del Vía Crucis y diga “uy, yo soy muy antiguo, tengo el número . . .” Tengo que confesar que yo ante ese momento, un poco de vergüenza siento, pero saco pecho y digo, mira mi padre, de ahí tengo esa gran devoción por el Nazareno.

 

Ese Nazareno de la margen izquierda que nos recuerda que toda Semana Santa tiene un principio. De ahí, que mi afán por acompañar a mi padre, aunque fuese aporreando el tambor, y al que posteriormente se unieran mis dos hermanos, hizo que quisiéramos pertenecer a más Cofradías, y lógicamente en casa, no podía faltar la túnica de laval, una vez más, de mi padre.

 

No sé si por la juventud risueña o por el gran auge de aquellos años setenta y ochenta, mi padre, pertenecía también a Jesús Nazareno, se codeaba con los que llamaba yo “los grandes”. Su trabajo en lo que era el Gobierno Civil antes, hizo que conociera entre sus diferentes compañeros, a Luis Felipe Delgado de Castro. ¡Yo no desperdicié la oportunidad!

 

No os he contado, que desde bien pequeño, seguro que muchos de los que hoy estáis aquí también, coleccionaba itinerarios, carteles o publicaciones semanasan- teras. Estas últimas, eran fáciles de conseguir, pues la encargada por entonces de aquella gran librería en pleno centro de Zamora, con aquellas baldosas rosas que daban color a la calle de Santa Clara, era mi tía Pilar, imprimía y editaba infinidad de libros y revistas.

 

Cada libro que escribía Luis Felipe, no dudaba en dárselo a mi padre para que lo llevara al trabajo y pudiera dedicármelo.

 

Entre itinerarios y ensayos de banda, mi paso por el Colegio Arias Gonzalo no quedó grabado únicamente en un currículum, ni en recuerdos de la infancia.

 

Por aquel entonces, cursaba la EGB, en aquel centro no solo se celebraban las fies- tas paganas y religiosas, se celebraba Zamora. Zamora en mayúsculas. Allí se ha forjado a flor de piel en los alumnos, a querer Zamora, a amar nuestras tradiciones. Aún recuerdo que por Semana Santa, no sonaba el timbre para entrar a clase, sona- ba Thalberg, y no había educación física en el gimnasio durante esos días, porque había exposición sobre Semana Santa allí mismo, al lado de las aulas. Todo esto y más, se lo debo al fermosellano más universal, Don Manuel Rivera Lozano, quien fuese mi director del Colegio Arias Gonzalo.

 

Todos, incluido Jesús, tenemos o hemos tenido Madre, pues gracias en mi caso a la mía, he conocido las procesiones de por la noche, como lo decimos aquí en Zamora. Ella, tras una larga jornada, era capaz de llevar a mi hermano y a mí hasta Olivares para ver Las Capas, o hasta la Plaza de Viriato para ver el Yacente y para dulcificar aquella espera, porque yo tenía (y tengo) que estar más de hora y media esperando para tener buen sitio, sacaba sigilosamente de su bolso en papel de aluminio aceitadas, sabían a gloria bendita, a día de hoy no se me ha olvidado ese sabor a anís en las noches frías de la Pasión.

 

El dúo sacapuntas, hasta los hermanos carraca, así algunos nos llamaban, a mi hermano Javier y a mí. Por circunstancias de la vida, muchas veces buscas los amigos fuera de casa y no te das cuenta de que tus propios hermanos pueden ser parte de tu pandilla y vivir mil aventuras increíbles. Pues este era mi caso, íbamos a todo juntos, su sabiduría y mi imaginación, formaban el tándem perfecto, tal es así que si nos apuntábamos a algo, allí estábamos los dos, bien fuera tocando las carracas el Viernes de Dolores, o bien tocando el tambor tras los pasos del pebetero la tarde noche del Miércoles Santo.

 

Cuando aún las nuevas tecnologías no habían llenado nuestra existencia, llegó a nuestra Semana Santa, aquel foro donde atrevimientos, verdades y mentiras, ger- minaron en una web nunca vista antes, que reflejaba con artículos y fotografías nuestra Semana más grande, WWW.LAPASIONDEZAMORA.COM, su autor Javier García Martín, mi hermano.

 

Un 18 de marzo, decide presentarse en Zamora, mi hermano pequeño, era normal, no hay dos sin tres. Mi hermano Álvaro, ha vivido desde bien pequeño las ocurrencias de sus hermanos mayores, pronto el trío García Martín fue formando parte de los hermanos de fila de varias Cofradías y también de acera, porque nos gustaba siempre verlas en sitios estratégicos. Para nosotros, era todo el año Semana Santa, por ejemplo ¿quién no ha cogido una mesa con mantel y ha jugado a hacer procesiones en la mañana de la Resurrección en pleno bosque de Valorio?

 

Con la familia se creaban momentos únicos y ya irrepetibles, porque muchos ya no están entre nosotros. Acudir al Convento de las Dominicas Dueñas de Cabañales a comprar las almendras garrapiñadas con mi abuela, o acudir bien pronto al Bosque de Valorio la mañana del Domingo de Resurrección para guardar mesa y preparar allí con “Campingaz” incluido, el Dos y Pingada.

 

Momentos, vivencias, sentimientos, que ahora son recuerdos.

 

Fueron pasando los años, cargados de emociones y con ellos también se fueron llenando los cajones y estanterías de mi habitación, llegaron a un punto que ya no cerraban, no me entraba nada más. Año tras año iba por comercios y entidades pidiendo itinerarios. Hasta que se me ocurrió, que podía utilizar la buhardilla de casa de mis padres, para almacenar todo lo que había guardado, conservado y compra- do. Allí es, donde a día de hoy, tengo mi humilde colección “semanasantera”. Entre esos cuatro muros, he intentado dar vida a muchas de las ideas que han pasado por mi inquieta cabeza, también allí, entre cuadros y fotografías, escribí mis anteriores pregones y porqué no también decir, mis primeras cartas de amor.

 

Porque también el corazón tiene hueco para amar, y es ahí cuando ese cordón um- bilical de la familia, se empieza a ramificar, porque el hombre o la mujer indistinta- mente, estamos hechos de amor. ¿Quién no recuerda haber saludado a tú pareja, entre los pequeños agujeros de los paños de la mesa procesional, o desde la misma fila? A esa persona que más pronto o más tarde y en mi caso, se ha convertido en parte indispensable de mí día a día. La persona que sabe más que nadie, lo que significa o al menos así lo entiendo yo, ser directivo de una Cofradía, porque lo sufre y lo calla, pero también entiende lo importante que es para mí, esta Semana Santa. Gracias Ana.

 

Familia y tradición, van unidas, van ligadas a esta tierra que nos cerca, que nos acoge y reúne en torno a la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. No olvido cada día y doy gracias porque he tenido el privilegio y la suerte de nacer en Zamora.

 

 

AMIGOS

Todo comenzó contigo, Maestro, tu voz en off, llenó gran parte de mi adolescencia y estoy seguro que a muchos de aquí. Tanto es así, que aquella vieja cinta VHS de Estudios Coria, la guardo como un tesoro, porque con ella, están grabados momen- tos de enorme carga emotiva. Haciendo memoria, también la mítica retransmisión del canal de TVE del Santo Entierro en el año 1988 con la voz también de Luis Felipe, pero esta vez acompañado de la voz de la periodista Marisa Naranjo, también ocupó parte de mis tardes en aquella habitación de los juguetes, como llamábamos mis hermanos y yo, a la habitación donde no dormía nadie.

 

Los años iban pasando, con ello íbamos superando cursos y nuevas caras, y cada vez te ibas dando cuenta de que los recreos eran más cortos. Acababa de nacer el niño Jesús y en el patio ya estábamos diciendo a cuántas cofradías pertenecía cada uno, siempre había “piques”, pues siempre estaba el “hijo o conocido de algún di- rectivo”, con frases célebres como : *mi padre conoce al presidente o jefe de paso y me meterá rápido*. Debo de reconocer que a mí eso me sentaba mal, porque ni mis padres ni ningún familiar, tenían responsabilidades en ningún ámbito de Cofradías, nunca fuimos una familia “con apellidos”.

 

Pero al final, la ilusión por que llegara la Semana Santa, hacía que me olvidara de todo eso.

 

Los días previos, mi casa parecía “el camarote de los hermanos Marx”, estameñas, faroles y sandalias llenaban el salón, mi madre desesperada intentaba tener todo a punto.

 

Llegaba el “Jueves de traslado” y lo primero que hacía era subir rápido la persiana de mi habitación para ver qué tiempo hacía y a eso de las cinco de la tarde, bajaba con mi hermano, hacia San Frontis, y de camino siempre veíamos bajar por aquel entonces, a Virgilio Pedrero, “Lili”, fijaos si bajábamos pronto, que hasta el Presidente estaba hacién- dolo en ese preciso instante.

 

Comercios y establecimientos de antes, eran como puntos cardinales en los días de la Pasión, la esquina de la zapatería Cano Cornejo en Tres Cruces, o el Bar Berna en la calle de Pablo Morillo, se convertían, dependiendo de los años, en el punto de salida de la madrugada de Viernes Santo para mí. El reloj marcaba las 07:30h de la mañana, por aquel entonces, levantarme tan pronto, era como no dormir nada en toda la noche. En esos dos puntos, me esperaban en mis inicios, la familia Morín Hernández, mi querido amigo de la infancia Juan Pablo, (que casualidad que años más tarde, cosas de la vida o del destino, nos encontramos bajo los banzos del Lavatorio de los Pies), en el otro punto la familia Izquierdo, Víctor, vecino por aquel entonces y gran amante gracias a su abuelo, de la Cofradía de la Santísima Resurrección.

 

Cumples la mayoría de edad y vas descubriendo los derroteros que la propia vida te va poniendo en el camino, pasas al instituto, cambias de amistades, de horarios, pero al final, lo puro, la esencia de lo que estamos hechos, no cambia. Por ello, mi pasión por la Semana Santa iba creciendo, lo contrario que le sucedía a mi padre, ya que este iba dando pasos para atrás, como si hubiera descubierto algo que no le gustaba de todo esto. Yo, sin embargo, descontaba las horas para poder asistir a las asambleas, a los cultos, sobre todo a recoger las velas y revistas.

 

Aún recuerdo, en aquellas escaleras que daban acceso a la librería “Heraldo de Zamora” a un hombre con guantes blancos que repetía “haz a tus sobrinos Pilar de Nuestra Madre”. Pues así fue, los tres hermanos nos hicimos de dicha Cofradía. Debo de confesar que temblábamos cada vez que íbamos a por las velas, siempre mi hermano Javier o yo, nos asomábamos primero por la sede, para ver si estaba la Señora de pelo blanco, porque nos daba miedo.

 

Quien me iba a decir a mí, que años más tarde, Pilar de “La Rosa de Oro”, iba a ser parte de mi familia, de esa familia que hemos creado en torno a ella, a Nuestra Madre.

 

Amistades verdaderas que se hacen con motivos “semanasanteros”, muchos de los que hoy aquí estáis, directivos o ex directivos, no os habláis por rencillas, por rencores, por orgullo propio, y no merece la pena, os voy a desvelar cómo llegué hasta esta tribuna.

 

Carlos Alejandro, más conocido como “Waldo”, tras descubrirme en aquel viejo foro de la Pasión, me llamó para acompañarle en las elecciones que había en la Cofradía de Nuestra Madre. Allí conocí a Antonio Martín, juntos, elaboramos un programa electoral, a la altura de unas elecciones generales de un país.

 

Entre tanto, Carmen Ferreras, periodista, me propuso para dar el Pregón del Club El Correo – La Opinión de Zamora. Ante tal proposición, la ilusión por pregonar la Pasión, no hizo que la derrota de Toño en dichas elecciones, causara profundo malestar en mí, allí se alzó Isabel García Prieto.

 

Casualidades de la vida, que entre aquellas butacas rojas del Salón de Actos de la calle Leopoldo Alas Clarín, estuviera escuchando mis humildes palabras, la susodi- cha ganadora, ahora ya Presidenta.

 

Días más tarde del Pregón, sonó mi móvil, descolgué y era ella, Isabel me ofre- cía un hueco a su lado, al lado de aquella imagen que Ramón Álvarez tallase. Bendita llamada.

 

Señoras y Señores, han pasado 12 años, he tenido y tengo la oportunidad, de es- cuchar de primera mano, a los que cuando era un chiquillo, veía como si fuesen “grandes personalidades”, Chano, Dionisio, Félix, Chele, Carmen Manso, etc, pues con ellos y muchos otros más, debemos de reconocer que tenemos todo esto y por supuesto a todos los hermanos de fila que han formado parte de las Cofradías con el paso del tiempo. Las directivas actuales con Isabel al frente, mujer incansable ante el desaliento, son personas de carne y hueso, hermanos y hermanas que pagan la misma aportación económica que el resto, porque cuando salimos al pueblo más cercano a la capital, no nos conocen.

 

Él y ella, sí son los verdaderos protagonistas, que quisieron tener en esta ciudad, su representación más sobria y real.

 

Hagamos cofradía durante todo el año, demos fe a los fines por la que se fundaron las Cofradías y Hermandades, la obra social o bolsa de caridad, “no podemos ayu- dar a todos, pero todos podemos ayudar a alguien”.

 

Amigos, amigos que marcan, que dejan huella, buena y otros a lo mejor no tan buena, pero en definitiva, han formado parte de tu historia.

 

No entendería estos días que ya vivimos, sin la presencia de mis amigos, personas que se unen a tus momentos y otros con los que compartes los suyos, y como si de una simbiosis se tratase, lo repites al año siguiente, y ya es tradición. Tradiciones que se marcan en el calendario del corazón, pues siempre llevo conmigo presente, que nadie sobra, que todo el mundo puede, de ahí que todo proyecto en el que me embarco o celebración que organizo, me gusta contar con todos ellos, zamoranos con nombres propios, que pasan desapercibidos en el día a día de la ciudad, pero que aportan su granito de arena, a la historia de nuestra ciudad.

 

FE

Son nueve días intensos, 17 desfiles, donde la retina no descansa y el corazón late a mil por hora. 41 primaveras en la ciudad que vive el drama, un drama zamorano vivido con los cinco sentidos.

 

El espectáculo es asombroso: un pueblo entero rompe el ritmo de sus tareas coti- dianas, abandona sus entretenimientos y se recoge en sí mismo para contemplar y clavar en su sangre la figura de Cristo quebrantado.

 

Zamora, como una ciudad prendida del cielo, toda ella en estos días es un dilatado Calvario. Zamora llora, sangra entre sus murallas.

 

No hay momento más trascendente, calle arriba y calle abajo; Faroles, tulipas, túni- cas, escriben su letra. El Nazareno y la Virgen se miran…silencio, silencio, todo es misterio. Ante la solemnidad, el repique de campanas, la puesta en andas, el ritual de la túnica y el ensayo del Miserere o del Christus, unos y otros, lo aceptan de manera distinta. Cuando el mundo parece no entender de redención, y sus hombres siguen, enfrentados, dispersos y encarnizados en guerras sin razón, aquí se vive este pro- fundo Misterio, tradición contenida en cada corazón nazareno, ebrio de amor a su imagen, a su paso, a su inigualable cofradía que le define.

 

Zamora, amigos, es grandiosa. Zamora, de verde y rojo. El Creador la vistió de verde esperanza para vivir intensamente el culmen de la Redención de rojo Pasión para amar sin medidas. Aquí se produce la perfecta conjunción de misterio y paisaje, momento en que la ciudad se transforma en un templo vivo y ello te lleva a ese brillante espectáculo teatral lleno de significado. Es la Judea de Castilla, donde Dios va a sufrir el Calvario, en la que hasta su muerte se transforma en acordes distintos, porque cuando Dios sufra, sufrirá toda la ciudad y cuando Él muera, morirá en esencia su paisaje.

 

El marco es maravilloso, en verdad. En esta ciudad, zamoranos y paisajes se suman al drama con una fuerza de tanta expresividad que parecen convivir, donde el silencio da vida a una conjunción de sobriedad y belleza. Sus calles forman el escenario más telúrico y el cielo, plagado de estrellas desorbitadas, cobija a cada imagen, que parece fluir corriente arriba y deslizarse paso aba- jo, en un martirizado sendero lleno de belleza y luz. No hay, amigos, mejor escenario para un drama tan solemne. Zamora está hecha a medida para esta historia sagrada y ella se convierte en esa Jerusalén testimonial, con sus rúas, plazas y calles, como testigos del Evangelio.

 

Presiento que mis ojos se nublan ante tantos momentos vividos que ya no se distinguir a qué años pertenecen cada uno de ellos; el alzamiento brusco de la persiana tras las primeras horas de la mañana del Jueves de Pasión o de traslado, el primer escalofrío del pie desnudo en el huerto ante el Cristo del Espíritu Santo o los primeros acordes de la marcha de la Cruz tras la salida del Lavatorio. Tantos y tantos recuerdos, que mi cuerpo se hace pequeño de inmediato y me lleva al recorrido que Jesús en la borriquilla hizo por aquellas ciudades de Galilea y Judea, como si Renova, Sagasta y la Plaza Mayor, en perfecta similitud y sintonía nos llevarán a aquellos tiempos, donde entre pal- mas y laureles recibían a Jesús Triunfante . De fucsia se cubre la tarde entre risas y niños.

 

Cuando el Perdón se solicita y Juan, la voz que clama en el desierto, cambia de paraje, Jesús se hace presente, dobla la rodilla y como uno más recibe el agua de la conversión en ese río Jordán bajo las manos de su primo hermano. Aquel río que recorre las ciudades de Nazaret y Jericó, llegando desde el lago Galilea es reflejo en éste, nuestro río Duero, que desde su cauce eleva su espí- ritu por esa puerta de Doña Urraca hacia Santa María La Nueva y luego, llama allí a la Magdalena, aquella que le acompañará más tarde en la cruz.

 

Agua del Jordán para salvar al mundo y agua del Duero, agua bautismal, para salvar el pecado de nuestra ciudad.

 

Y llega el silencio cuando ha caído la noche. Jesús se retira al otro lado, en un huerto de olivos llamado Getsemaní, al igual que lo fuera en esas huertas del Arrabal de San Frontis. Zamora y Judea, Judea y Zamora.

 

El Lavatorio, La Santa Cena, La Sentencia, El Prendimiento, pasean de tarde con el sol más brillante que nunca, de lo nuevo a lo viejo y del Centro al Casco antiguo. Y en cualquier calle se oye: ¡Salve, rey de los judíos!, flagelándolo y co- ronándolo de espinas bajo un manto púrpura. Cogiendo una caña y como Ecce Homo entrega su imagen de dolor a la Verónica y luego, escucha la llamada de la Soledad, envuelta en ropajes negros de intensidad dolorosa, de madrugada en hilo de oro y de atardecer en riguroso luto.

 

Y ya el dolor se resquebraja en llanto desgarrado camino de las Tres Cruces. Se desliza por las calles de Santa Clara, San Torcuato, Víctor Gallego, todas, dando vida a ese Camino del Calvario o Vía Dolorosa en la madrugada de Viernes San- to, el mismo camino que recorriera en su Jerusalén como ciudad amurallada, tal cual la nuestra, hasta llegar al monte con constante estruendo, dolor y burla, en ese singular rito del Baile de los pasos de un pueblo que hace verbo del Evangelio. No hay parangón entre la salida del Cinco de Copas de su casa de San Juan hacia las Tres Cruces, en tenebrosa madrugada de cruces alzadas y de laval negro, y el inicio de Jesús junto a Simón de Cirene en su Vía Dolorosa de la Jerusalén judía, nosotros lo llamamos Redención.

 

Y en ese mismo entramado callejero, los Cristos de Zamora, unos al sol, otros a la penumbra, la hora de sexta y la hora de nona, colores intensos, variados, van desde cada calle en esa confluencia radial que todas llevan al Monte Gólgota, hacia arriba a la Plaza Mayor o hacia abajo a sus iglesias conventuales. ¡Cual- quier monte de los de Zamora o cualquier montaña de la Sierra de la Culebra puede ser el Gólgota, ¿por qué no? ¡Nada de lo que acontece nos puede dejar indiferentes, las calles de esta ciudad se han mutado para recibir este drama. Y no solo durante estos días, sino durante el resto del año, Zamora abre sus brazos para recibir tantos ritos, tantas romerías.

 

Zamora tiene el escenario perfecto.

 

Porque, no hay duda, que la prodigalidad del Creador puso este escenario. Zamora va a rendir homenaje de grandeza y el marco que le confiere su arquitectura exigente y profunda, recreará el momento, este y tantos otros.

 

Claudio, nuestro Claudio Rodríguez Zamora

Todos llevamos una ciudad dentro, ciudad que nos alienta y nos acusa, La ciudad del alma.

Calles, sonidos de campanas y de pasos, y la luz, sobre todo el aire, el temple del Duero, las piedras que nos fecundan.

 

El arte reza, adquiere volumen en ese latido que quiere ahogar el pecado. Porque es arte divino en esa metamorfosis del pueblo, unánimemente, y su protagonismo lo viven sus imágenes, espiritualidad que se vierte en la imaginería de sus pasos en las que el artista ha hecho expresión dramática de la Muerte y Resurrección de Cristo. Pero son sus rostros, sus miradas, sus muecas, sus silenciosos gemidos los que nos expresan la verdadera Pasión en ese fervor anímico del momento. Sanjuanes, Cirineos, Magdalenas, Apóstoles, Ángeles, Verónicas, Pedros… Todos son protago- nistas del cortejo solemne, todos, uno a uno, en rostros de Pasión, pero zamoranos y hermanos, el protagonismo se hace sublime cuando hablamos de…las Vírgenes de Zamora. Si me habéis dejado cantar a esta ciudad, marco inigualable, escenario perfecto, dejadme que os hable de mis vírgenes: Esperanza, Soledad y especial- mente, Nuestra Madre.

 

Es la Virgen de la Esperanza la que avanza de puntillas, aupada por el viento, con su manto abierto al abrigo de la noche o al despertar de la mañana con la mirada suplicante. Ella, esperanza del tiempo perdido, te anuncia felicidad en cada paso que ha de llegar para salvar tu duda de hombre. Las Dominicas Dueñas de Cabañales, fieles guardadoras de su esencia, bien lo saben al custodiar su imagen caída del cielo. Flores blancas y rosadas al lado, manos en deseo estremecido, rostro impenitente. Una mujer, una Virgen, una Esperanza.

 

Esperanza que tantas veces perdemos, esperanza que tanto anhelamos. No la perdamos, todo tiene arreglo. Verde, como los árboles que abrazan nuestro Río. Subes al corazón de la ciudad para recordarnos que la Esperanza existe, que nos agarremos a tus manos abiertas, a los ojos abiertos de tantos que te acompañamos y de tantos que te siguen desde sus casas y residencias. Esa gente mayor, mi abuela, hasta hace poco te esperaba en esa dura, fría y pegajosa piedra, de tanto celos ajados de esquelas de la gente del barrio de la margen izquierda, piedra que abre el puente de piedra desde Cabañales, ojos de madre, como los tuyos, madres luchadoras, madres esperanzadas por dar lo mejor a sus hijos y con el paso del tiempo, a sus nietos.

 

Virgen de la Soledad, la Señora de Zamora, la Virgen que espera tras una reja negra en el templo del rosetón románico, te vigila el Peromato, te anuncia el viejo reloj del Ayuntamiento, a veces con tañidos simplones y otras con melodías folclóricas, te protege en bronce la reproducción del Merlú, pero lo más importante, estás en todos los lugares, en las carteras y monederos de los que un día como yo, fueron jóvenes, en las mesillas, en las raquíticas mesas de hospitales y residencias, porque tu; Soledad, eres el alivio y la fuerza para Zamora y sus gentes, para lo que nos ven más allá o para los que pasaron al lado del Padre, para estar en tu regazo. Soledad de soledades que refleja el drama de cualquier mujer y madre zamorana.

 

Virgen de las Angustias, Nuestra Madre, cariñosamente así la llamamos en Zamora, porque en solo dos palabras no se puede expresar mejor el amor y la veneración de todo un pueblo. Una noche donde el cansancio hace mella, pero el corazón late por verla a ella. No hay día que no te tenga en mi mente, no hay día que no te dedique tiempo, no hay día que no pise tu húmedo y frío suelo de la Capilla, no hay día en que no deje de agradecer a Isabel, el poder haber conocido la Cofradía desde dentro. Y no me cabe la menor duda que no hay mayor Corona, que la que se hace con las retinas de los millones de ojos que se han clavado en tu cara. Como tampoco te olvidas de esas manos de mujer que aprietan tu cara hecha estampa, cuando la maldita enfermedad aparece y hace mella, perdiendo tantos familiares y amigos, tenlos en tu regazo, haznos la vida más llevadera y danos salud.

 

Hermanos y fieles devotos, que inmensidad de Madre. Ramón Álvarez, gran artífice de nuestra Semana Santa, dio vida a esta Piedad, a esta imagen con su hijo en brazos.

 

Estas, junto con la Amargura, que tanto llora la ausencia de la gubia que la vio nacer, Ramón Abrantes, la Dolorosa de Ricardo Segundo, que tiñe la tarde de caperuces morados, la Virgencita de los Clavos que bajo palio reina el Entierro de Cristo y la

 

Virgen del Encuentro de Higinio Vázquez, todas estas son las Vírgenes de Zamora, rostros del Drama solemne, que representan la esperanza de un mundo diferente, en una sociedad que debería ser igual para todos, porque como madres, saliendo de San Juan, San Lázaro, San Vicente, van buscando al Hijo en cada esquina, al nece- sitado, al huérfano, al abandonado, al infiel, a todos, porque no hay diferencia entre el hijo bueno y el malo, entre el creyente y el ausente, entre el profano y el devoto.

 

Ellas, vírgenes del Evangelio y vosotras, mujeres de Zamora, pasionales y cofrades, formáis el eje de nuestra Semana Santa.

 

La escena sigue, el drama solemne se conmueve, se rasga en vestidura de cruz y clavos. Madres y Vírgenes, y ahora, los Cristos de Zamora. La imagen más trágica de la Pasión, esos que reflejan el alma de cada uno de nosotros, de nuestra ciudad y que no son como en otros lugares porque los nuestros hablan, escuchan y miran. Cada uno es diferente y en ellos, la expresión más hierática se conmueve ante la ternura de su mirada, sin oírse el más mínimo gemido, manifestando un rito eterno. En esta ciudad los Cristos viven, sienten, oyen, balbucean. Con la cruz o sin ella, desfilan, paso a paso, ofreciendo las expresivas miradas de su sufrimiento y perdón por cada una de nuestras calles más personales, atentos a la mirada de la muche- dumbre que les adora, les escucha en su misterioso respirar, humanos más que esculturas, perfectos en cada detalle de la gubia de cada imaginero solemne, Ra- món Álvarez con su Cristo de la Caída, esa mirada limpia, ese sereno rostro parece clavarse en la madrugada cuando el merlú rompe la noche y tiñe la madrugada de cruces y de calvarios . La Madre, acompaña la escena, arrodillada, abre sus brazos hacia Él .

 

El Nazareno de San Frontis, ese nazareno del Arrabal, de la margen izquierda del Duero, ese Nazareno, permítanme que me tome la licencia, “ese nazareno de mi familia”. Tantas tardes te hemos acompañado de morado y blanco, te hemos rezado como unos vecinos más del barrio, porque al igual que tú, hemos corrido y jugado en tus mismas calles, porque hemos cargado como tú la cruz, esa cruz de problemas, de inquietudes y de ausencias. Porque sabes, que aun cuando dábamos nuestros primeros pasos, nuestras primeras caídas y arañazos tras quitar los ruedines a las bicicletas, en aquella casa de la calle San Francisco junto a la tapia conventual de las Dueñas, tú, Nazareno, ya estabas presente en blanco y negro, en una peque- ña fotografía que mis abuelos tenían en su casa y que ahora guardo en otro rincón abuhardillado pero siempre cerca del corazón. Hace ya cuatro años se celebró en Zamora, el Congreso Nacional de Cofradías y Hermandades, y llegó a mi ordenador, un correo electrónico, donde me decían que podía cargar contigo, Nazareno, no lo dudé, firmé el boletín y sucedió todo. Meterme debajo, sin música, no pasaba nada, pude aguantar tu peso, pude sentir lo que tantas veces había anhelado, soñado y esperado, pues en Zamora, amigos míos, hay sueños e ilusiones diferentes, hay realidades difíciles de entender, pero la mía o al menos una de las mías, se cumplió.

 

Cristo de las Injurias, juramos silencio todo el año ante ti, cada vez que pasamos por tu Capilla, por ese rincón de la Seo zamorana, ese mismo lugar por el que el Miércoles Santo asomas ante un mar de caperuces rojos que se arrodillan ante ti, ante la majestuosidad de Cristo en la cruz.

 

Los Cristos de Zamora riegan su sangre. Ascienden y descienden por las calles de Zamora. No hay descanso en los Cristos zamoranos. La severidad intensa en un rostro hierático, bíblico en expresión y clásico en sus hechuras, marca la his- toria de un arte, en el que la madera y el marfil reflejan su purismo. Espíritu Santo, Tercera Caída, Buena Muerte, Yacente, de la Expiación, de la Agonía, Santo Cristo de la Misericordia. Mi Cristico, como yo lo llamo, 29 años ya desde que en 1994 saliera en procesión la noche del Viernes Santo, una preciosa talla que duerme en el templo principal de la ciudad y que es empujado sobre la mesa que tiempo atrás llevara Nuestra Madre, una mesa al detalle, con mimo en su resolución, de la gubia de Hipólito Pérez Calvo.

 

Ante todos, el rostro, la corona de espinas, la cruz, los clavos, el dolor, la muerte, la vida… Ya no hay tiempo para el sosiego, hermanos cofrades.

 

“La Semana Santa de Zamora se vive como nueva cada año, aunque sea lo mismo o parezca lo de siempre.”

 

Hay dos claros conceptos en su manifestación: el ritual y el personal.

 

El rito que conlleva una tradición ancestral, devocional en su origen, queda expre- sado en el contenido procesional que le define y que le hace dignificador de una ciudad, hecha para y por la solemnidad. Su marco natural e histórico, sus imágenes perfectamente definidas y sus hermandades, nacidas en aquella tímida sociedad gremial de tiempos modernos y ahora perfectamente reforzadas en su contenido constitucional con fuerte rigor estatutario.

 

Desde el Domingo de Ramos, procesión de las palmas, hasta el de Resurrección con “El Encuentro”, a lo largo de 17 desfiles procesionales, se muestra, paso a paso, este drama de la Pasión y Muerte de Cristo en cortejos que, durante tres o más horas, recorren callejuelas empinadas por la ciudad vieja, embrujando el ambiente silencioso, para terminar con el paso majestuoso por las avenidas de la ciudad moderna: una variedad de escenarios que nos permite apreciar la influen- cia que el paisaje y la luz de Zamora tienen en nuestra Semana de Pasión. Por la mañana la imagen y la música y por la tarde la agonía y la luz.

 

Cada procesión tiene su hora, la noche –la penitencia y el tronar acompasado de los hachones de la Siete Palabras-, o el día para el tintineo de las tulipas, con ese esplendoroso oro del sol junto al Puente de Piedra en la mañana del Jueves Santo y la del domingo de Resurrección en su alegre voltear de campana y varas floridas.

 

Cada procesión tiene su color –negro en el lunes de la Tercera Caída, rojo en la tarde del Miércoles, la del “Silencio”, morado para el atardecer del Jueves Santo, blanco pálido para el Yacente, explosión de amarillo, rojos, morados, cremas, negros, compitiendo con el sol de mediodía,

 

Y, cada procesión, tiene su sonido, de noche, cantos y matracas de día nuestras Bandas de Música, excelentes cortejos musicales en alza, año tras año, defini- doras de la maestría de la solfa divina, y que hacen un sonido distinto en la tarde del Jueves Santo o en la Madrugada tras el baile del Cinco de Copas. Maravillosas muestras de acordes perfectos de excelsos compositores, entre ellos, zamoranos como Jaime Gutiérrez, Pedro Hernández o mi querido amigo Víctor Argüello. Tam- bién otros como Cerveró, Dorado, Rivas, entre otros muchos.

 

Y es que, amigos, son estas Cofradías o Hermandades procesionales, grandes o pequeños clanes de mística rivalidad –de generación en generación-, las que jerarquizan a los santos en su devoción particular, glorificándolos en sus andas, en sus metales, en sus mesas procesionales, en sus desfiles, orden y disciplina. Ninguna es mejor que la otra.

 

Estas congregaciones, gremios piadosos, con sus mil aspectos religiosos y se- glares, son un ente con vida propia, palpitando con corazón de gigante, los entre- sijos, los problemas, los sinsabores y las dificultades del mundo semanasantero. Nazarenos, penitentes, camareras, hermanos de paso, secretarios, tesoreros, to- dos en comunión hermanal, en sentimiento de paso, viven con intensidad y sin descanso cada momento telúrico y bíblico, teatral y místico, real y divino, lírico y pasional.

 

“A veces es malo mirarse tanto el ombligo, porque qué más da que se llame, Maca- rena o Soledad, o de los Gitanos o de las Injurias, si es el mismo Jesús nacido de la Virgen María, aquí al lado del Duero o del Guadalquivir, tras los sones de Thalberg o de Caridad del Guadalquivir. Qué más da amigo mío; si cae en plena Rúa de los Notarios o en Campana, qué más da si la aguja la vistió de oro y no de paño negro, qué más da, si lo importante es poner alma, vida y corazón en todo esto”.

 

Lo personal de nuestro Drama zamorano sigue recreando contenido entre sus gentes, entre el pueblo que aclama palma en mano, entre los silencios de un pú- blico penitente ante el paso procesional por las calles de su emblemática ciudad y entre el forastero, que, admirado por la belleza y conjunción de un perfecto relicario, se mimetiza en el paisaje como parte de su austero contenido.

 

Y es que, amigos, quisiera acabar mi mensaje en forma de Pregón, devoto, sen- tido y humilde, con una llamada al cofrade zamorano, al eterno hacedor del ritual solemne, a quien ha conseguido hacer esta Semana Santa, internacional y grande, personal y única, porque aún no es suficiente con lo hecho. Nuestro mensaje de la Pasión necesita una constante reflexión que ayude a sufrir menos a nuestros Cris- tos de Zamora, haciendo más humana la convivencia entre el sentimiento íntimo y devoto que cada uno sentimos hacia nuestro credo personal y la realidad egoísta del contenido social en el que vivimos.

 

Porque, la Zamora procesional es una y la Zamora profana es otra; porque la reali- dad del cofrade, íntimo en su estructura nazarena, es una y la realidad del mismo ser, despojado de su hábito y enhiesto en la selva de la envidia es otra. Por eso, nuestras imágenes, Cristos, Vírgenes, hincan sus miradas en nuestros rostros a su paso para pedirnos compasión, solidaridad, paz, igualdad, respeto y amor, amor constante al prójimo.

Porque, cofrade de Zamora, nuestra Semana Santa ¿qué es, espectáculo o tradición, devoción o sentimiento? Hay en tu profundo interior ese convencimiento de creer en la Pasión que representa, o simplemente representas con pasión la solemnidad de tu paso. ¿Qué opinas, qué sientes? Porque, es bueno, oír y dejar oír al verdadero actor de este momento…

 

Pues bien cofrade, deja de dilucidar quién puede o debe iniciar camino, quien puede o debe decidir destino, quién puede o debe de ser el primero, el mejor en sus cultos y actos, el mejor hermano en devoción y disciplina, la imagen en salida o entrada con sol, lluvia, frío, tarde o madrugada, por calle larga, empedrada, esquina, cuesta y, ser todos hermanos, en ayudar a hacer una mayor y mejor Semana, la nuestra, la más grande, la única, la internacional y la más pasional, no solo de Castilla, sino de toda España.

 

Pues razón además buen cofrade, porque tú sí que entiendes la Zamora pasio- nal por fuera y por dentro y eres tú quien debe de poner al servicio de Zamora tu aliento, tu tesón, sacrificio, buen hacer, solidaridad y respeto. Siendo así, momentos claves como el canto del Miserere, serán el fiel reflejo de la ciudad encantada con encanto; serán el estandarte de un acto original en devoción y misterio; y serán un momento más, solemne, bello, natural y perfecto de una Semana Mayor que brilla por sí misma como universal en devoción, orden, tradición, religiosidad y respeto.

 

Por eso plantemos el germen, reguemos año tras año la semilla, dejemos que el árbol crezca y creamos en este gran milagro.

 

Silencio, cerremos los ojos, nosotros también hemos sido niños, hemos soña- do con procesiones, hemos estado frías madrugadas hasta altas horas por las calles tras el paso de los desfiles. Pasaron los años y del acompañamiento de los padres para ver las procesiones, pasamos al de los amigos y compañeros, al de las parejas, y así en un bucle que marca el devenir de nuestras vidas en la ciudad del Romancero. El ciclo de la vida.

 

Final de Pregón con agradecimiento y perdón. Agradecimiento a quien me propuso, Isabel García Prieto y también, por qué no, a quienes no tanto creye- ron; agradecimiento especial a todos los que habéis venido y habéis apoyado con vuestra asistencia. A los zamoranos en la diáspora, por sus mensajes de apoyo. Como es justo acordarme de la buena labor que hacen las Casas de Zamora en Valladolid, Vigo y Madrid durante todo el año y especialmente en estas fechas. Y perdón, sí perdón a todos, por haber soportado mi atrevi- miento a exponer ante vosotros mis balbuceos, mi pobre lírica, mi narrativa humilde para cantar algo tan grande como nuestra Semana Santa zamorana.

 

Alegrémonos y vivamos con fuerza nuestra Semana Santa. Al pueblo no se le pue- den expropiar sus manifestaciones y expresiones de fe. La vida del cristiano debe tener una honda expresión en la vivencia íntima y piadosa de la Semana Santa; siempre conviene saber la verdad, que se corrompe con la mentira, y no hay nada más desolador que la elocuencia de un hombre que no dice la verdad. Vender la mentira con la elocuencia o el poder, ocultar la verdad, es un acto deleznable, es disfrazar la mentira de verdad, y no podemos callar cuando las verdades funda- mentales son agredidas; ya dijo San Agustín que “negar la verdad es un adulterio del corazón”. Esto y mucho más es nuestra Semana Santa, mi querida Semana Santa; en ella se han puesto, y se ponen, esfuerzos y sacrificios, sentimientos, vivencias y esperanzas; no se ha regateado ni escatimado nada para, cada año, poderla celebrar nuevamente, manteniendo vivas nuestras tradiciones y costum- bres que nos dejaron las generaciones pasadas, y que nosotros, debemos legar y traspasar a las próximas y venideras, ofreciéndoles valores y principios como la solidaridad, la tolerancia, la fraternidad, la comprensión y la compasión; … el respeto y el amor a nuestras tradiciones, a nuestras costumbres. Así aprenderán a querer a nuestra Semana Santa. Este pregonero llega ya al final, invitándoos a vivir la Semana Santa con austeridad y pasión, pero también con alegría, a vivirla en toda su dimensión, significado, esplendor y belleza, procurando, aunque sea al menos por unos días, que nuestros resentimientos, nuestras envidias y nuestros egoísmos queden sepultados en el olvido, y den paso a la tolerancia, a la paz y al perdón para, de esta forma, asemejarnos en lo posible al que tuvo la inmensa generosidad de darlo todo por nosotros, incluso su vida. Y ahora, pidiendo perdón por haberme extendido quizás más de lo razonable, solo me queda agradecerles, agradeceros, vuestra atención e invitaros a participar en las procesiones que nos aguardan, y que cada cual, a su manera, intervenga en la Semana Santa de Zamo- ra de este año 2024, acogiendo a todos los que nos visiten, amigos o familiares, haciendo que se integren en nuestro sentir, en nuestras tradiciones, para que luego sean embajadores de nuestra querida e internacional Semana Santa.

Amigos y familiares, esta es mi Semana Santa, la Semana Santa que nace tras la primera luna llena del equinoccio de primavera, la que nace en los corazones de los que sentimos profundamente esta Pasión.

 

Zamora ya huele a incienso, huele a garrapiñadas y aceitadas, huela a vida . . .

 

Recordemos que tal día como hoy, el Rey de los cielos no entró en Jerusalén, ni en calesa, ni a hombros, sino en una humilde borriquilla.

 

Quiso demostrar, que las puertas divinas del cielo, tan solo las abre, la Santa Humildad.

 

 

 

 

 

 

 

LUIS FERNANDO GARCÍA MARTÍN

En Zamora a 24 de marzo de 2024

 

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