
Alejandro Fontanillo dejó su trabajo para apostar por la cría ecológica de caracoles en Villar del Buey, una aventura que comenzó en 2018 y que ha convertido una parcela familiar en un negocio que ahora presenta en Ecocultura
«Puedo decir con orgullo que soy el ganadero que tiene más cuernos». Con esta peculiar carta de presentación recibe Alejandro Fontanillo a quienes se acercan a su puesto en Ecocultura, la feria de productos ecológicos que se celebra en Ifeza. Detrás de la broma se esconde una historia de emprendimiento rural que comenzó en Villar del Buey, en plena comarca de Sayago, donde este ingeniero técnico agrícola decidió cambiar su vida profesional para dedicarse a una actividad que pocos habrían imaginado: criar caracoles.
La idea llevaba años rondándole la cabeza. Cuando terminó la carrera llegó a sus manos un proyecto sobre helicicultura, la cría de caracoles, que le pareció curioso, aunque entonces quedó aparcado. Después de trabajar en diferentes actividades relacionadas con su formación, decidió que había llegado el momento de emprender en su pueblo. «Me acordé de ese proyecto, estuve revisando, informándome, haciendo algún curso y di el paso, dejé el trabajo que tenía y me puse a criar caracoles», recuerda. Así nació Caracoles de Sayago, una empresa que gestiona prácticamente en solitario, aunque durante la recogida contrata puntualmente a una trabajadora de la zona.
Pero ¿cómo se cría un caracol? Aunque pueda parecer una actividad sencilla, el calendario está marcado por las temperaturas y las necesidades de estos pequeños animales. La campaña comienza aproximadamente en marzo y se prolonga hasta noviembre. Los primeros ejemplares destinados a la venta pueden recogerse a finales de mayo o principios de junio, mientras que aquellos que no han completado su desarrollo se guardan durante el invierno para volver a la granja la primavera siguiente. En condiciones favorables, un caracol puede alcanzar su madurez comercial en apenas tres meses y medio o cuatro meses. Y hay una curiosidad que pocos conocen: su crecimiento termina cuando la concha completa la espiral y forma un borde característico, momento en el que el animal deja de aumentar de tamaño.
En su explotación cría una variedad del conocido caracol de jardín, uno de los más habituales en España, que comercializa tanto vivo como elaborado. Los ejemplares frescos se venden purgados, listos para que el consumidor los lave y cocine, mientras que en su pequeño obrador también prepara conservas de caracoles cocidos al natural o acompañados de diferentes salsas. Las mallas de un kilo tienen un precio de doce euros para el consumidor final, una cantidad que, según explica, no se aleja demasiado de la que pueden alcanzar algunos caracoles de producción convencional. Una oferta que ha ido creciendo desde aquella primera campaña de 2018, cuando acudió a Ecocultura únicamente con caracoles frescos.
Y aunque cabría pensar que lo más complicado de un negocio tan particular sería encontrar compradores, Alejandro asegura que sucede justo lo contrario. «En España se consume más caracol del que se produce. Entra mucho caracol de fuera», señala. De hecho, reconoce que la venta, una de sus principales preocupaciones cuando comenzó, ha pasado a un segundo plano. Ahora el gran desafío está en conseguir sacar adelante la producción, especialmente durante los meses de verano. Las altas temperaturas pueden provocar una elevada mortalidad si no se mantienen las condiciones adecuadas, convirtiendo el calor en uno de los mayores enemigos de la explotación. «Mi problema no es la venta. Me preocupa más la producción, porque el verano es fastidiado», reconoce.
Ocho años después de iniciar aquella aventura, Alejandro continúa apostando por el medio rural y por dar a conocer un producto que todavía resulta desconocido para muchos zamoranos. Además de participar en Ecocultura, forma parte de una asociación de productores ecológicos que organiza el mercado mensual de la Plaza de la Constitución de Zamora, donde ya cuenta con una clientela habitual. Su historia demuestra que emprender en un pequeño pueblo puede adoptar formas tan inesperadas como una granja de caracoles. Y mientras continúa pendiente del tiempo, las recogidas y las ventas, Alejandro sigue defendiendo con humor su peculiar título de ganadero con más cuernos, aunque detrás de cada uno de ellos haya bastante más trabajo del que parece.
